En un sistema político históricamente dominado por varones, la trayectoria de las mujeres que logran acceder a espacios de decisión continúa siendo excepcional y, muchas veces, costosa. En un nuevo 8 de marzo, Virginia Cáceres —abogada, militante del Partido Colorado desde la adolescencia y primera mujer en presidir el Consejo Directivo Central de la ANEP— dialogó con Diario La R en profundidad sobre su recorrido personal y político, los obstáculos visibles e invisibles que enfrentan las mujeres en la esfera pública, el impacto y los límites de la ley de cuotas y la necesidad de construir liderazgos femeninos sólidos desde los partidos políticos. Con una mirada autocrítica, feminista y profundamente política, Cáceres plantea que la igualdad no se resuelve únicamente con normas, sino también con transformaciones culturales que interpelen a las propias mujeres y al sistema en su conjunto.
El costo de ocupar espacios de poder
Para Cáceres, cada rol que asumió implicó desafíos diferentes, atravesados por condiciones personales y estructurales. “Yo creo que en ningún aspecto de nuestra vida uno puede separar lo que uno es”, reflexiona, y señala que su situación personal influyó de manera determinante en su trayectoria. “Por ejemplo, yo no tengo hijos, y eso creo que es un diferencial”, afirma, al explicar que la ausencia de responsabilidades de crianza le permitió asumir cargos con una dedicación horaria intensa y una disponibilidad que, reconoce, no todas las mujeres tienen.
Durante su paso por la ANEP (noviembre de 2023 a febrero de 2025), admite que más de una vez pensó en la dificultad que habría implicado tener una familia a cargo. “Si yo tuviera hijos no podría haber sido presidenta de la ANEP, o al menos no de la forma en que lo hice”, afirma. En un año y medio recorrió el país en dos ocasiones, una exigencia que —sostiene— habría sido difícil en otras circunstancias. Para Cáceres, la maternidad, en el contexto actual, “termina siendo una forma de penalización para las mujeres”, no por decisiones individuales, sino por la manera en que están organizados el trabajo y la política.
A esos factores se suman obstáculos culturales y estructurales. “Hay todo lo que tiene que ver con el ambiente, la forma en cómo está estructurado los espacios públicos y los espacios políticos que hacen que muchas veces nosotros sentamos que nos limitan”, explica. Sin embargo, también destaca el peso de la experiencia y del recorrido personal: “No es lo mismo cuando vos sos una chica de 20 años que cuando sos una mujer de 42, que te plantás de otra manera”.
Feminismo, cargos públicos y estrategia personal
Cáceres se define sin ambigüedades como feminista, aunque aclara que procura que esa mirada no se convierta en una traba a la hora de ejercer responsabilidades. “Soy una mujer que me considero feminista. Ahora, trato de que cuando asumo un cargo (…) no sea una condicionante para cada una de las cosas que yo voy a hacer”, sostiene. En ese sentido, reconoce que los obstáculos existen, pero apuesta a no permitir que la paralicen: “Yo ya sé que parto con todas estas dificultades, pero yo no quiero que estas dificultades me limiten”.
Esa postura, dice, también fue una forma de autopreservación frente a entornos exigentes y, muchas veces, hostiles para las mujeres. “Trato de que esos obstáculos se cambien, pero obviamente que los vas sintiendo a medida que vas desarrollando distintas etapas”, admite.
Militancia temprana y pertenencia colorada
Su vínculo con la política comenzó temprano. Recuerda que con 15 años dio sus primeros pasos dentro del Partido Colorado. En una familia donde se hablaba de política sin restricciones, Cáceres encontró un terreno fértil para desarrollar su interés.
El acercamiento al Partido Colorado se dio inicialmente a través de su hermana mayor, pero pronto se transformó en una elección propia y definitiva. “Y ahí me enamoré del Partido Colorado, me enamoré de José Valle Ordóñez, de Baltasar Brum, de Domingo Arena”, enumera, aludiendo a las figuras históricas y a las ideas socialdemócratas que terminaron de convencerla.
Su experiencia de militancia asegura, fue mayoritariamente positiva. “Mi experiencia de militancia siempre fue de igual a igual con mis compañeros”, afirma, y destaca la horizontalidad como una de las características distintivas del partido. Como anécdota, agrega que “a los 16, 17 años me sentaba en una mesa a discutir de igual a igual con figuras como Julio María Sanguinetti y diferentes ministros”.
Mujeres, poder y embudos políticos
Sin embargo, Cáceres no idealiza la realidad. Reconoce que, aunque las mujeres están presentes en el territorio y en la militancia de base, el problema aparece cuando se avanza hacia los cargos de mayor visibilidad y poder. “El problema es cuando se empiezan a generar los embudos para arriba, en donde los cargos comienzan a estar ocupados solamente por hombres”, advierte.
Para la dirigente, esta dificultad no es exclusiva del Partido Colorado, sino que atraviesa a todo el sistema político. A eso se suma, en su partido, una menor expresión electoral, lo que intensifica la disputa por los espacios. Explica que cuando un partido tiene una expresión electoral más grande, “es más fácil que pueda tener más espacio para una mayor participación de las mujeres que un partido que tiene una expresión electoral más chica”. Y agrega que además de las cuestiones de género, empiezan a pesa “los espacios de poder”. “Cuando un hombre le cede el lugar a una mujer, implica cederle su espacio de poder”, agrega.
La ley de cuotas: avances y límites
Cáceres defiende la ley de cuota como una herramienta que permitió abrir puertas a las mujeres en política. Sin embargo, advierte que su aplicación ha generado dinámicas internas que es necesario revisar. Recuerda una frase de la diputada del Partido Nacional, Gloria Rodríguez: “A mí me acusan de que estoy acá por la ley de cuotas, y sí, estoy acá por cuotas. Porque si no hubiera estado la cuota, nunca me hubieran considerado”. Para Cáceres, esa afirmación resume el sentido de la herramienta: “Hicimos la ley de cuotas porque necesitábamos una ley para que nos consideraran”.
No obstante, sostiene que uno de los “peores efectos” ha sido cultural y se ha dado puertas adentro de los partidos. “Nosotras nos creemos que nos toca el tercer lugar”, afirma. Según explica, esto ha derivado en una competencia restringida entre mujeres por ese espacio, mientras el resto de los lugares no se discuten. “No quiero competir con mis compañeras mujeres por el tercer lugar. Quiero el primero o el segundo. Y quiero competir con todos en igualdad de condiciones, con varones y con mujeres”.
¿En qué lugar queda la mujer?
Subraya además que la ley no establece que el lugar asignado deba ser el tercero, sino que “de cada tres, uno tiene que ser de distinto sexo”. Lo que habilitaría también el primero o el segundo puesto. A su entender, la interpretación práctica terminó siendo “muy cómoda” para el sistema político: “El tercer lugar es de ustedes, ahora peleen entre ustedes”.
Para Cáceres, el debate de fondo no termina en la ley. El verdadero “embudo”, afirma, está en la etapa previa: la vida interna de los partidos. “Si no fomentas liderazgos, si no trabajas para que las mujeres tengan sus propios espacios políticos y no tengan miedo de dar un paso al frente, la ley de cuotas va a tener que estar eternamente”, advierte.
Ser la primera y animarse al salto
Consultada sobre lo que significó ser la primera mujer en presidir la ANEP y candidata a la Intendencia de Montevideo, por el Partido Colorado, integrando la propuesta de la Coalición Republicana, Cáceres atribuye su impulso a una educación familiar que le inculcó la idea de que no hay límites por razón de género. “No hay absolutamente nada que vos no puedas hacer”, recuerda como un mandato materno.
Reconoce que hubo miedo, especialmente en contextos de alta exposición política, pero asegura que nunca consideró decir que no. “Me niego a decir que no”, afirma, convencida de que aceptar esos desafíos también construye referencias para otras mujeres.
Mensaje para el 8 de marzo
De cara al Día Internacional de la Mujer, Cáceres deja un mensaje claro y colectivo. “Las compañeras no son nuestras enemigas, esto es colectivo o no es”, sostiene. Para ella, ningún logro individual tiene sentido si no abre camino para otras. “Cuando se abra la puerta para una, pegar una patada bien grande para que se abra del todo y puedan entrar todas”, expresa.
Y concluye con una exhortación directa: “Animarse, sacarnos esa culpa de la cabeza y animarnos. Nosotros podemos”, concluye.


