En el imaginario colectivo, la década de 1990 en Argentina suele condensarse en la euforia del “uno a uno” y la explosión social de 2001. Sin embargo, mucho antes de que Domingo Cavallo encontrara la “tecla salvadora” de la Convertibilidad, hubo un período fundacional de dieciocho meses. Donde el poder de Carlos Saúl Menem se forjó en el fragor de la hiperinflación, la sangre de los levantamientos militares y el vértigo de una revolución simbólica que intentó clausurar dos siglos de odios argentinos. Así lo revela el periodista e historiador Ceferino Reato en su más reciente obra, Pax Menemista, un libro que se adentra en la compleja coctelera política que marcó a fuego el destino del país.
La obra se sumerge en el período que va desde la asunción anticipada de Menem en julio de 1989 hasta los últimos coletazos de 1990. Este es una disección de los mecanismos mediante los cuales el presidente riojano logró pacificar la interna militar. Así como seducir al antiperonismo histórico y cimentar un predominio político que, contra viento y marea, se extendería por una década entera. El eje del relato de Reato es, sin duda, la política de indultos.

La medida, que en su momento generó convulsiones sociales y políticas, es analizada por el autor lejos de las simplificaciones de la coyuntura. Menem indultó a los máximos exponentes de la Junta Militar que gobernó durante la dictadura más sangrienta, como Jorge Rafael Videla y Emilio Massera. Pero también a líderes guerrilleros, incluyendo al máximo referente de Montoneros, Mario Firmenich. Esta audacia, que pretendía ser un acto de clausura de una “guerra civil no declarada”, desató todo tipo de apoyos y rechazos.
Sin embargo, uno de los hallazgos más disruptivos de Pax Menemista es la cronología de las negociaciones. Contra el relato que se instaló posteriormente, Reato documenta que fueron los exguerrilleros quienes buscaron una “solución política” mucho antes de las rebeliones carapintadas de mediados de los ochenta. La investigación sugiere que la necesidad de cerrar heridas provenía de ambos bandos de aquella confrontación que había atravesado la sociedad argentina con una intensidad inusitada. El libro retrata a un Menem que, lejos de actuar por impulso, utilizó el indulto como una herramienta de ingeniería política para desactivar el poder militar (poniendo fin a la amenaza de los levantamientos de los carapintadas, como el liderado por Mohamed Alí Seineldín). Simultáneamente, enviar un mensaje de “reconciliación nacional” que le permitiera ampliar su base de sustentación más allá del peronismo tradicional.
Reato dedica extensos pasajes a lo que denomina los “gestos simbólicos impactantes” que el presidente desplegó con una inteligencia política poco común. En un país atravesado por las fracturas entre unitarios y federales, entre peronistas y antiperonistas, Menem supo leer la necesidad de desactivar la “ley del odio” a través de la liturgia. Lo que Pax Menemista destaca con particular énfasis es cómo Menem logró sostener el apoyo de las bases peronistas -el “campo popular”- mientras aplicaba el ajuste más duro de la historia económica argentina hasta ese momento.
El autor define este fenómeno como un “conservadurismo muy popular”, una síntesis contradictoria que permitió al presidente mantener la lealtad de los sectores humildes mientras seducía al establishment y a los patriarcas del liberalismo local. Pax Menemista logra rescatar al Menem que probó un camino propio mediante el ensayo y el error. Por otro, demuestra que los cimientos de esa hegemonía se asentaron mucho antes de la estabilidad cambiaria. Fue en esos primeros dieciocho meses de crisis, indultos, ajustes y gestos simbólicos donde se definió el modelo que permitió al menemismo sobrevivir como fuerza hegemónica hasta la irrupción del kirchnerismo en 2003.

