El 16 de abril de 1889 llegó al mundo Charles Spencer Chaplin en una modesta calle del sur de Londres. Nadie podía imaginar entonces que aquel niño se convertiría en uno de los nombres más reconocibles del siglo XX. Su infancia fue un anticipo de las dificultades que marcarían su obra: su padre, alcohólico, abandonó a la familia cuando Charles tenía tres años, y su madre, una actriz de music hall, luchó por mantener a sus hijos hasta que su salud mental se quebró. Charlie y su hermano Sydney pasaron temporadas en asilos y escuelas para niños pobres, experiencias que más tarde impregnarían sus películas de una melancolía única.
El debut artístico llegó por casualidad. Con apenas cinco años, Chaplin subió al escenario para reemplazar a su madre, que había perdido la voz en medio de una función. El público lo recibió con ovaciones y aquel gesto improvisado marcó el inicio de una carrera que no se detendría hasta su muerte. A lo largo de su adolescencia, recorrió Inglaterra con compañías ambulantes, perfeccionando un oficio que lo llevaría a cruzar el Atlántico.

En 1913 llegó a Hollywood, allí, la productora Keystone le ofreció un contrato y, en el rodaje de una de sus primeras películas, nació Charlot. La vestimenta, elegida casi al azar, se volvió icónica con pantalones bombachos, zapatos demasiado grandes, un bastón, un bombín y un bigote postizo. Pero lo que verdaderamente conquistó al público no fue el atuendo, sino la humanidad del personaje: un vagabundo de modales refinados, torpe pero astuto, que siempre encontraba una salida a sus desventuras.
A partir de ese momento, Chaplin no solo actuó, sino que dirigió, escribió y compuso la música de sus propias películas. Su estilo fue evolucionando de la comedia física al drama conmovedor, siempre con una crítica social sutil pero implacable. En «El chico» (1921), mostró la ternura del desposeído; en «La quimera del oro» (1925), el humor y la soledad del buscador de fortuna. En «Tiempos modernos» (1936), la deshumanización de la era industrial. Charlot, en cada una de ellas, era el mismo hombrecito que se enfrentaba a un mundo que no entendía y que, sin embargo, nunca perdía la esperanza.
La llegada del cine sonoro no detuvo a Chaplin, si bien se mantuvo fiel al cine mudo durante años, demostró su genio también en el sonoro con «El gran dictador» (1940), una feroz parodia de Adolf Hitler. En esa película, Chaplin no solo se burló del nazismo, sino que lanzó un discurso final que se convirtió en una defensa de la libertad y los derechos humanos, y que resuena aún hoy.
Sin embargo, esa misma conciencia crítica le costó caro, en plena caza de brujas del macartismo, Chaplin fue acusado de simpatías comunistas y de actividades antiamericanas. Su vida personal, marcada por matrimonios con mujeres mucho más jóvenes y varios escándalos públicos, no ayudó. En 1952, mientras viajaba por Europa, el gobierno estadounidense le prohibió el regreso.
Chaplin decidió instalarse en Suiza, en un retiro junto al lago Léman, y no volvió a pisar Estados Unidos hasta 1972, cuando la Academia le entregó un Oscar honorífico. La ovación de doce minutos que recibió fue un reconocimiento tardío a una carrera que había definido el cine.
Chaplin murió el día de Navidad de 1977, a los 88 años. Había filmado más de setenta películas y creado un personaje que, como él mismo reconoció, quizás mató demasiado pronto. «Me equivoqué al matarle», dijo en sus últimos años. «Había sitio para el hombrecito en la era atómica.» Pero Charlot ya era inmortal, su bastón, su bombín y su mirada perdida entre la risa y la lágrima siguen habitando la memoria del cine, y cada generación que descubre sus películas encuentra en él un eco de su propia humanidad.

